La figura humana se recorta en el aire con un movimiento pendular exacto, como si la ley de la gravedad fuera su aliada, especialmente esa noche. Abajo, en una de las plateas del Cirque du Soleil, un hombre y una mujer mayores observan la escena, tomados de la mano y llorando por la emoción. Isabel y Argentino nunca vieron a su hijo volar tan alto, a pesar que ellos mismos le enseñaron a ser un artista circense.
El trapecista que acaba de abrir el espectáculo denominado “Alegría” es el único argentino que integra la cosmopolita compañía internacional, dato que tiene una especial connotación por las presentaciones que hace el circo en Buenos Aires. Se llama Gastón Elie (33), nació en una clínica de Villa Devoto, pero ni bien le dieron el alta a su mamá, enseguida lo llevaron al mismo hogar que tendría durante toda su vida: el circo.
“Nací en Devoto por accidente, porque en ese momento mi mamá estaba ahí –explica el trapecista-. Por lo general, mis padres viajaban por toda la Argentina, con su circo ‘Los Hermanos Elie’. Nunca conocí la vida ‘normal’, como se podría decir. A mí me amamantaron en un circo, no sé lo que es vivir de una manera estable, ir siempre al mismo colegio.. Yo vengo de una sexta generación de familia circense.
Hasta mi mamá (Isabel Martín) y mi papá (Argentino Elie) se conocieron en el circo cuando tenían cuatro años. Ellos nunca me exigieron actuar, todo lo contrario, cuando de chico me portaba mal, el peor castigo era decirme que a la noche no iba a hacer mi número circense. En el circo nací y aprendí a vivir”, afirma.
Gastón recuerda el linaje circense heredado de su abuelo, quien pertenecía a una familia de saltimbanquis que actuaba en las calles de Europa. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, aquel artista callejero emigró hacia Sudamérica, y recorrió con su circo varios países, hasta que conoció la Argentina y se enamoró del lugar. Decidió quedarse a vivir y crear una tradición familiar de artistas circenses.
“Mi mamá era equilibrista, caminaba en la cuerda floja, y luego decidió dedicarse a la magia, yo estaba fascinado viendo sus actuaciones. Mi papá entonces me compró unos elementos de magia, y a los 6 años de edad comencé a hacer una rutina de trucos. Después, me convertí en un trapecista como mi padre”, dice Gastón, que fue creciendo en edad y conocimiento, al mismo tiempo que se acrecentaba en su corazón un gran sueño.
“Lo que siempre anhelé fue estar en el Cirque du Soleil. Lo conocí cuando una amiga me prestó un video, en el año 92, y no sabía bien qué era, si un circo o un teatro -describe el apasionado trapecista-. Cuando en 1997, el Cirque du Soleil vino a Sudamérica, decidí presentarme a una audición en Río de Janeiro para probarme. Recién al año me llamaron por teléfono proponiéndome ser parte de ‘Alegría’, y por seis meses me enviaron a Montreal a perfeccionar mis movimientos -afirma Gastón, quien ahora es el encargado de abrir el espectáculo “Alegría” en el país donde nació-.
El día del estreno, en las plateas estaban mis padres. Lloraron de emoción durante todo el espectáculo. Después me fueron a saludar y yo también me largué a llorar. La vida del circo es agotadora, pero hacés amigos de diferentes nacionalidades. Entre los artistas se suelen formar parejas”, afirma.
No sorprende que Gastón Elie, de tanto estar en el aire, añore echar raíces. Dice que sueña con que algún día pueda tener una casita con jardín y un perro. “Quiero saber qué se siente vivir más de un año en un mismo lugar”, explica.
—Gastón, ahora que se destaca en uno de los mejores circos del mundo, ¿qué extraña de aquel circo humilde de sus padres?
—Te vas a reír: extraño la desorganización. Acá todo es tan organizado que a veces se torna rutinario. En los circos más pequeños uno nunca sabe qué va a pasar. Y eso también tiene su magia.

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